Tecnocapitalismo: así está cambiando la tecnología las estructuras de poder en el mundo
La irrupción de la Cuarta Revolución Industrial está suponiendo una profunda transformación tecnológica de las sociedades desarrolladas como consecuencia del impulso de la inteligencia artificial (IA), la robótica y la digitalización de la economía y la sociedad.
Esta nueva realidad ha implicado el desarrollo de un nuevo modelo económico y social denominado tecnocapitalismo donde los datos, los algoritmos, las plataformas de IA generativa y el conocimiento se convierten en las principales fuentes de riqueza y poder.
En otras palabras, mientras la Cuarta Revolución Industrial aporta las tecnologías, el tecnocapitalismo desarrolla el sistema que permite que estas sean utilizadas para generar beneficios, organizar la producción, mejorar la productividad y, sobre todo, para establecer nuevos mecanismos de control social y una nueva estructura de poder.
Este último punto es uno de los más relevantes tanto por su trascendencia política como social. La evolución hacia el tecnocapitalismo supone la irrupción de nuevos actores, muy ligados a la revolución tecnológica, que paulatinamente están sustituyendo a la antigua clase dominante de la Globalización.
Nos referimos a una burguesía muy vinculada a los grandes grupos y organismos financieros y a las grandes corporaciones empresariales que ejerce poder a través del manejo e influencia en las principales instituciones globales e internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, la Unión Europea o el G7.
Los grandes magnates que mandan en el mundo
Este proceso de sustitución de los grupos dominantes viene determinado por variables que ya no responden a los mecanismos clásicos. La nueva gobernanza se fundamenta en el poder del algoritmo, en el control del comportamiento social y en la gestión de los metadatos de la identidad individual y colectiva de la sociedad.
Y sus principales protagonistas ya no son los directivos de grandes corporaciones empresariales que poseen un gran poder de decisión, pero apenas disponen de un porcentaje de propiedad. En la actualidad, la mayoría de las grandes empresas tecnológicas están gestionadas por magnates que acumulan un inmenso poder y una enorme riqueza.
Otro hecho relevante, desde una perspectiva política, es que la mayoría de propietarios de las grandes tecnológicas, especialmente las norteamericanas, son personas muy cercanas al trumpismo o a movimientos de extrema derecha. Son personajes que defienden abiertamente postulados autoritarios como el supremacismo blanco, la redefinición del sistema democrático o la legitimidad de utilizar la fuerza militar para que unas naciones impongan su voluntad a otras, sin importar el orden internacional ni sus principales instituciones como Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional.
Entre otros, Elon Musk (X, Tesla, SpaceX), Peter Thiel (fundador de Palantir) o Alex Karp (consejero delegado de esta compañía) son un buen ejemplo de esta dinámica social que busca, a través de las redes y del algoritmo, modelar la opinión pública, especialmente las generaciones más jóvenes, para introducir cambios sociales estructurales destinados a dinamitar las viejas democracias occidentales.
Tecnoautoritarismo y nuevas guerras
Sin embargo, el punto más complejo de este análisis consiste en comprender cómo el tecnoautoritarismo de esta nueva clase dirigente consolida una nueva estructura de poder. Históricamente, las actividades o espacios de “gobernanza crítica” (control social, sistemas de inteligencia, seguridad, defensa, objetivos militares, etc…) siempre han sido gestionados por los gobiernos y por las principales estructuras del Estado.
No obstante, en los últimos años, estos modelos de control social, e incluso algunas decisiones de los altos mandos militares muy relacionadas con los objetivos militares de una guerra, empiezan a ser administrados por determinadas empresas suministradoras de software e IA.
Estas plataformas tecnológicas, a través de sus sistemas operativos, se infiltran en las grandes estructuras de los Estados y, poco a poco, van substituyendo determinadas capacidades decisorias, propia de los gobernantes, para convertirse en “infraestructuras soberanas” que, al margen del control público, privatizan y monetizan infinitud de megadatos. Y estos, posteriormente, permiten reescribir las reglas del control social, las relaciones de poder y las guerras presentes y futuras.
Veamos un ejemplo: Un determinado ejército suscribe un convenio de colaboración con un contratista que suministra un software y un algoritmo (IA) que se convierte en el sistema operativo, por defecto, de la inteligencia en el campo de batalla, de la logística y de la elección de los objetivos de guerra.
Lo cierto es que la capacidad de ataque de estos sistemas automatizados con aprendizaje generativo incrementa brutalmente el número de objetivos de guerra y su capacidad de destrucción. Pero también implica que, en este caso, el ejército “ceda” una parte de su capacidad de decisión y muchas otras iniciativas de guerra a un algoritmo que está controlado por una empresa privada. Es decir, se produce un trasvase de soberanía y de gobernanza crítica, propia del Estado, a un consejo de administración controlado por intereses privados.
El desprecio a la democracia de los tecnócratas
Por otra parte, todo este proceso de sustitución de las clases dominantes no sería posible sin la llegada al poder de los partidos políticos de extrema derecha. Las iniciativas de estos gobiernos no solo consisten en impulsar políticas inmigratorias excluyentes, establecer pautas de extrema polarización política o practicar un ultranacionalismo militante. Además, sus políticas persiguen el desprecio más absoluto hacia el modelo democrático, buscan el control social a través de las redes y, sobre todo, pretenden la total desregulación del espacio económico y político del Estado.
Y es en este contexto de cambio social, donde las nuevas estructuras de poder pueden desarrollar su verdadero potencial de crecimiento e innovación, sin las cortapisas regulatorias de los viejos sistemas democráticos.
En otras palabras, el proceso de digitalización social, la robotización y la implementación de la IA generativa están propiciando cambios profundos en el ámbito económico y productivo y en las relaciones de poder de nuestras sociedades.
Y el desarrollo de esta nueva revolución industrial será más positivo o más negativo para la humanidad en función de la capacidad adaptativa de las viejas democracias a la nueva realidad social y de la limitación de poder de los nuevos actores sociales.
Solo desde la regulación y el control público de la nueva “gobernanza algorítmica” será posible establecer un nuevo contrato social que permita que las nuevas tecnologías redunden en beneficio de la humanidad.
Víctor Climent Sanjuán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Víctor Climent Sanjuán, Profesor Titular de Sociología, Universitat de Barcelona. Puedes consultar la publicación original aquí.
