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Por qué la violencia de género golpea de forma distinta a las mujeres mayores

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Publicado el 21 de septiembre de 2026 a las 04:30 a. m.Actualizado el 21 de septiembre de 2026 a las 04:30 a. m.
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Resumen (TL;DR)
  • En 1997 Ana Orantes apareció en un programa de la televisión andaluza contando su vida marcada por los malos tratos de su marido. Unos días después de su desgarrador testimonio, fue quemada viva por su maltratador. Se convirtió en un símbolo de la vi...

fizkes/Shutterstock

En 1997 Ana Orantes apareció en un programa de la televisión andaluza contando su vida marcada por los malos tratos de su marido. Unos días después de su desgarrador testimonio, fue quemada viva por su maltratador. Se convirtió en un símbolo de la violencia de género en España. Su caso despertó la conciencia social sobre el problema, lo que favoreció importantes reformas legislativas.

Ana Orantes tenía 60 años en el momento de su muerte. Era una mujer mayor que había sufrido violencia a manos de su pareja durante 40 años.

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A pesar de lo simbólico de ese caso, las víctimas mayores de violencia de género continúan siendo un colectivo en el margen, prácticamente invisible. Se alejan del estereotipo social de víctima, que solemos asociar con una mujer joven, frecuentemente con hijos pequeños a su cargo.

Pero la violencia de género afecta a todo tipo de mujeres, de toda edad y condición. Es un fenómeno transversal. Aunque no todas las víctimas viven las mismas circunstancias. Por eso la intervención debe tener en cuenta esta realidad compleja para resultar eficaz.

Maltrato con historia y dependencia

A menudo este tipo de violencia se sitúa en la frontera entre dos realidades: una violencia de pareja con historia, que se ha prolongado durante años o décadas, y el maltrato a las personas mayores asociado con la dependencia y los cuidados, con frecuencia en forma de negligencia o violencia psicológica.

Cuando existen problemas de salud, fragilidad o necesidad de cuidados por parte de la pareja, puede resultar difícil distinguir entre ambas situaciones. Porque el marido actúa a la vez como cuidador y maltratador. De hecho, en ciertos supuestos, la dependencia de la mujer, debido a la sobrecarga que genera su cuidado, puede ser el factor desencadenante que saca a la luz una violencia que existía desde hacía tiempo de otras formas.

Además, muchas de estas mujeres crecieron en contextos marcados por modelos tradicionales de familia y de relaciones de género. Ideas como que el matrimonio es para toda la vida o que hay que anteponer la familia a los problemas personales han favorecido una “cultura del aguantar” que, en muchos casos, ha contribuido a normalizar el maltrato y a mantener relaciones abusivas durante décadas.

En ocasiones se observa una falta de apoyo familiar, por parte de los hijos, que han convivido también con un padre violento y que pueden reprochar a la madre el permanecer en la relación. A ello se suman otros factores que dificultan pedir ayuda o romper con la situación de violencia, como la dependencia económica, la disminución de las redes de apoyo, el miedo al futuro, a acabar en una residencia o el aislamiento.

Cuando el edadismo y la violencia se entrecruzan

Para entender en su complejidad este fenómeno es útil el concepto de interseccionalidad. Se trata de una idea sencilla: algunas personas sufren varias formas de discriminación al mismo tiempo. Y estas no solo se suman, sino que se combinan y generan situaciones de especial vulnerabilidad.

En el caso de la violencia de género, el enfoque ayuda a entender que no todas las mujeres la viven de la misma manera. Además, esta mirada permite analizar tanto los efectos que estas desigualdades tienen en la vida cotidiana como la forma en que las instituciones y las políticas públicas las reconocen y afrontan.

En estos casos, los ejes de desigualdad y discriminación presentes son, al menos, el ser mujer, víctima de violencia y persona mayor. Aunque pueden añadirse, según los supuestos, otros como vivir en un entorno rural, la discapacidad o la dependencia. Pero las formas principales de discriminación que interseccionan son el sexismo y el edadismo.

El edadismo se refiere a cómo pensamos (los estereotipos), cómo nos sentimos (los prejuicios) y cómo actuamos (la discriminación) respecto de las personas en función de su edad. Puede manifestarse en las instituciones, mediante normas o prácticas que discriminan por edad; en las relaciones entre personas o incluso de forma autoinfligida, cuando los propios estereotipos sobre la edad son interiorizados por quien los sufre.

La violencia de género y el edadismo son fenómenos distintos, pero relacionados. Ambos se basan en prejuicios profundamente arraigados sobre el género y la edad. En el caso de las mujeres mayores, estereotipos como su papel de cuidadoras, la dependencia económica del marido o la idea de que la fragilidad es propia de la vejez pueden contribuir a invisibilizar la violencia que sufren y dificultar el acceso a medidas adecuadas para salir de las situaciones de maltrato.

Intervenir adecuadamente

Hacen falta datos fiables sobre cuántas mujeres sufren esta violencia y cuáles son sus condiciones de salud, dependencia, situación económica y entorno familiar. Además, siguen siendo necesarias más investigaciones sobre el tema.

También es importante diseñar recursos específicos que tengan en cuenta su edad y otras circunstancias. Por ejemplo, adaptando las casas de acogida a las necesidades de mujeres mayores o creando plazas de urgencia en residencias públicas para mujeres víctimas con dependencia.

Las campañas de información y prevención deben incluir a las mujeres mayores y llegar a los espacios que frecuentan, como centros de día, asociaciones u hogares de personas mayores. Además, conviene simplificar los trámites administrativos y reducir las barreras relacionadas con el lenguaje o el uso de medios digitales.

Muchas mujeres mayores encuentran dificultades para acceder al sistema judicial o a los recursos de atención cuando los procedimientos son complejos. Por último, es necesario que los profesionales reciban formación para intervenir correctamente en estos casos. No todas las víctimas son iguales y, por lo tanto, deben ser apoyadas teniendo en cuenta esas diferencias.

Jorge Gracia Ibáñez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Jorge Gracia Ibáñez, Profesor e Investigador Grado en Criminología y Grado en Derecho., Universidad San Jorge. Puedes consultar la publicación original aquí.

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