¿Por qué cuando estoy nervioso se me acelera el corazón?
- •Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a t...
Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a [email protected]
Pregunta formulada por Rodrigo, de 15 años, desde el IES La Madraza (Granada).
Estás esperando para hacer un examen o para exponer un trabajo delante de toda la clase. No has corrido ni has hecho ejercicio, pero notas que el corazón empieza a latir con fuerza, casi como si acabaras de correr los cien metros. ¿Por qué sucede esto si aparentemente no estamos haciendo ningún esfuerzo?
La primera sorpresa es que el corazón no decide por su cuenta. En su interior, existen unas células especiales, las células marcapasos, capaces de generar de manera espontánea el ritmo que hace que se contraiga una y otra vez. Pero ese ritmo puede cambiar rápidamente porque el corazón y el cerebro están en comunicación constante a través del sistema nervioso autónomo.
Cuando nuestro cerebro interpreta que estamos ante una situación importante, difícil o amenazante, pone en marcha la respuesta de estrés. Y aquí conviene aclarar algo: el estrés no es necesariamente malo. Es una respuesta de nuestro organismo que nos permite adaptarnos a lo que sucede a nuestro alrededor y prepararnos para actuar.
Un examen no pone nuestra vida en peligro. Tampoco una entrevista, hablar en público o lanzar un penalti. Sin embargo, son situaciones cuyo resultado nos importa. Nuestro cerebro las interpreta como un desafío y puede activar los mismos mecanismos que durante miles de años han ayudado a nuestros antepasados a responder ante situaciones mucho más peligrosas.
El “acelerador” del organismo
Buena parte de estos cambios dependen del sistema nervioso autónomo, que regula continuamente funciones del organismo, sin que tengamos que pensar en ellas. No necesitamos recordar a nuestro corazón que tiene que latir ni ordenar a nuestros pulmones que respiren mientras dormimos.
Una de sus ramas es el sistema nervioso simpático. Podemos imaginarlo, simplificando bastante, como una especie de acelerador. Cuando necesitamos responder ante una situación importante, aumenta su actividad: el corazón late más deprisa, respiramos más rápido, sudamos y se libera adrenalina. Nuestro organismo está movilizando recursos y preparándose para la acción.
¿Pero por qué tiene que acelerarse precisamente el corazón? Porque su función es impulsar la sangre por todo el cuerpo, para transportar oxígeno y nutrientes hasta nuestros tejidos, incluidos los músculos y el cerebro. Si necesitamos reaccionar rápidamente, aumentar el trabajo del corazón ayuda a disponer de esos recursos.
El problema es que no hace falta tener delante un león para que esto ocurra. Podemos estar tranquilamente sentados en una silla esperando un examen y que nuestro organismo se comporte, en parte, como si necesitara prepararse para correr. El corazón se acelera, las manos sudan, respiramos más rápido, hasta podemos sentir las famosas “mariposas” o un nudo en el estómago. No son fenómenos independientes. Forman parte de una respuesta coordinada que nos prepara para afrontar lo que está a punto de ocurrir.
¿Y cómo sabe el cuerpo que ya puede tranquilizarse?
Nuestro organismo no puede permanecer continuamente acelerado. Cuando la situación termina, necesita recuperar progresivamente su estado habitual. Y aquí adquiere especial importancia otra rama del sistema nervioso autónomo: el sistema nervioso parasimpático.
Si antes utilizábamos la metáfora del acelerador, ahora podemos hablar del freno. El parasimpático ayuda a disminuir el ritmo del corazón y favorece la recuperación del organismo después de una situación que nos ha exigido activarnos. En esta tarea, tiene un papel especialmente importante el nervio vago, una gran vía de comunicación entre el cerebro y diferentes órganos de nuestro cuerpo, entre ellos el corazón.
Por tanto, un sistema nervioso que funciona bien no es el que consigue estar siempre tranquilo. Necesitamos activarnos para responder a los desafíos. Lo importante es que, una vez que el examen o la competición han terminado, nuestro organismo sea capaz de entender que debe volver al modo de calma.
El problema aparece cuando encadenamos una preocupación con otra. El examen de mañana, una discusión, las notificaciones del móvil, algo que ha ocurrido en clase o, simplemente, darle vueltas durante horas a un problema pueden mantener activa la respuesta de estrés, aunque no exista una amenaza física. Si esta situación se prolonga durante demasiado tiempo, al organismo le resulta más difícil recuperar su estado habitual. Es lo que ocurre con el estrés crónico.
¿Podemos hacer algo cuando estamos muy nerviosos?
Aquí aparece algo interesante: respiración y corazón están estrechamente relacionados. Cuando respiramos, nuestro corazón no mantiene exactamente el mismo ritmo. Normalmente, se acelera ligeramente al inspirar y se ralentiza al espirar. Estas pequeñas diferencias forman parte de lo que conocemos como variabilidad de la frecuencia cardiaca.
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Por eso, respirar de manera lenta y controlada puede influir sobre el sistema nervioso autónomo y ayudarnos a regular nuestra activación. Esta relación entre respiración y corazón es también la base del biofeedback de la variabilidad de la frecuencia cardiaca, un entrenamiento en el que podemos observar cómo responde nuestro organismo y aprender progresivamente a regularlo.
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Pero el objetivo no es conseguir que nuestro corazón nunca se acelere. Si antes de un examen, una competición o una actuación notas que empieza a latir más rápido, es completamente normal. Significa que tu cuerpo sabe que lo que está a punto de ocurrir es importante y se está preparando para responder.
Lo realmente importante es que, cuando todo haya terminado, también sea capaz de pisar el freno y volver a su estado habitual. Un sistema nervioso sano no es el que permanece siempre en calma, sino el que sabe cuándo acelerar y, sobre todo, cuándo dejar de hacerlo.
El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.
Francisco Manuel Ocaña Campos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Francisco Manuel Ocaña Campos, Profesor Titular. Investigador Principal Grupo Neurociencia del Bienestar. Área de Psicobiología, Universidad de Sevilla. Puedes consultar la publicación original aquí.
