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Por qué Carmen Sevilla fue una estrella: Edgar Morin y el imaginario de la España de los cincuenta

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Publicado el 1 de septiembre de 2026 a las 04:30 p. m.Actualizado el 1 de septiembre de 2026 a las 04:30 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • La actriz española Carmen Sevilla en el Festival de San Sebastián de 1956. Paco Marí / Kutxa Fototeka, CC BY-SA La muerte del sociólogo y filósofo francés Edgar Morin invita a recuperar una de sus aportaciones más sugerentes al estudio de la cultura ...

La actriz española Carmen Sevilla en el Festival de San Sebastián de 1956. Paco Marí / Kutxa Fototeka, CC BY-SA

La muerte del sociólogo y filósofo francés Edgar Morin invita a recuperar una de sus aportaciones más sugerentes al estudio de la cultura contemporánea: su análisis del estrellato cinematográfico como expresión del imaginario colectivo. Convencido de que las comunidades modernas se construyen también a través de relatos simbólicos, encontró en el cine un observatorio privilegiado para comprender los sueños y preocupaciones de su tiempo.

En Las Stars. Servidumbres y mitos (1957), Morin rechazó la idea de que las estrellas fueran simples constructos fabricados por la industria cultural para manipular a unas masas pasivas. A su juicio, las estrellas triunfan porque encarnan valores, aspiraciones y conflictos que una sociedad reconoce como propios.

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Si Edgar Morin se interesó por los casos de James Dean, Charlot o Ava Gardner, aquí nos proponemos hacerlo con Carmen Sevilla. Su figura constituye también un ejemplo revelador de la teoría de Morin justo en el momento en que Las Stars salió en su primera edición.

Analizar la imagen pública de Carmen Sevilla equivale, en cierta medida, a analizar la España que la convirtió en estrella. Permite observar qué entendían los españoles por belleza femenina, qué modelos de comportamiento consideraban admirables, qué sueños de felicidad alimentaban.

La liturgia estelar

La estrella, decía Morin, no existe únicamente en la pantalla. Además de las películas, existe toda una liturgia que prolonga su presencia en la vida cotidiana del público. Las revistas de cine actúan como textos doctrinales; las fotografías firmadas, como reliquias; los admiradores, como congregaciones; y los festivales cinematográficos, como ceremonias colectivas.

Carmen Sevilla, en la portada del número 1 000 de Primer Plano, revista cinematográfica de creación falangista. Filmoteca de Catalunya

Para descubrir la liturgia que rodeaba a Carmen Sevilla basta rastrear su presencia pública a mediados de los años cincuenta. Ya adelantamos que, en su caso, el escándalo no desempeñó ningún papel importante en la consolidación de su estrellato. Su liturgia era más bien hacer el saque de honor en un partido de fútbol, posar estudiando francés por correspondencia, asistir a festivales, recepciones y ruedas de prensa o firmar autógrafos.

Un ideal de belleza

Una encuesta a los españoles de 1956 situaba a Carmen Sevilla junto a Marilyn Monroe y Gina Lollobrigida entre las mujeres más atractivas de aquel momento. La prensa, por su parte, se refería a Carmen como “bellísima”, “guapísima”, “bella estrella” o “actriz más atractiva”.

Sin embargo, lo más significativo de los textos de la época es que hablan mucho más de la gracia, la frescura y el encanto de Carmen Sevilla que de atributos corporales concretos. Su personalidad artística consistía en trasladar esos rasgos a sus personajes. Carmen era una pícara o una fierecilla, pero evitó la carga sexual transgresora que caracterizaba a otras estrellas de la época.

En realidad, trató de conciliar la creciente valorización del atractivo físico con las exigencias tradicionales de decoro y buena conducta. Es más, era una belleza nacional. Los artículos destacaban que había convertido “su gracia netamente española” en un valor universal. Era más que una actriz: era una imagen de España exportable al extranjero.

Un ideal de feminidad

Tanto Carmen Sevilla como Sara Montiel se prestaron a escenificar, en broma, su pelea y después su reconciliación para disipar los rumores de enfado entre ambas por el papel protagonista de La Violetera. Pueblo: Diario del Trabajo Nacional/Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, CC BY

En cuanto a los roles, Carmen Sevilla representaba muy bien las tensiones y contradicciones de las mujeres jóvenes de su época. Por un lado, encarnaba una mujer que trabajaba, ganaba dinero, viajaba internacionalmente y alcanzaba prestigio profesional y celebridad. Su mayor ambición, declaraba en una entrevista, era “hacer una película de gran éxito, que se hiciera famosa en todo el mundo”. Y, en buena medida, ya lo estaba consiguiendo.

Dentro de la profesión se valoraban además su compañerismo y generosidad. Cuando Sara Montiel le “robó” el papel protagonista de La violetera, Sevilla no dudó en posar junto a ella para demostrar que no estaba dispuesta a participar en el juego mediático de la rivalidad entre estrellas.

En definitiva, en una sociedad donde las posibilidades de promoción de una mujer eran limitadas, la estrella representaba la fantasía no sólo de tener éxito, sino de ser alguien.

Un ideal de masculinidad

Al mismo tiempo, las declaraciones de Carmen Sevilla mostraban una preocupación constante por encontrar al hombre correcto. Esperaba la llegada del “hombre soñado” y enumeraba sus características: debía ser español, económicamente solvente, respetuoso, cariñoso y capaz de ejercer autoridad. “Que me domine. Porque yo no admito a un hombre que se deje dominar”, afirmaba.

Carmen Sevilla retratada para una postal publicitaria de los estudios Paramount hecha alrededor de 1955. Paramount/Wikimedia Commons

Las declaraciones de Carmen permiten observar que la masculinidad ideal seguía asociándose a la madurez, la autoridad, la estabilidad económica y la capacidad protectora. No resulta extraño que afirmara también: “El día que me enamore de verdad dejaré el cine si mi esposo me lo pide”. En otras palabras, el matrimonio seguía apareciendo como la culminación de la vida femenina y el respeto a la autoridad masculina como un valor legítimo.

Naturalmente, con estas decisiones, Carmen Sevilla marcaba la dirección que debían seguir otras mujeres. En su vida todo parecía posible: ser bella, graciosa, alcanzar prestigio profesional, obtener popularidad, encontrar el amor verdadero, construir un matrimonio feliz, fundar una familia y viajar por todo el mundo. Ella misma era un perfecto amortiguador de una tensión histórica: la necesidad de una España que buscaba la modernización económica y la simpatía internacional, pero que seguía exigiendo a sus mujeres la subordinación al orden patriarcal tradicional.

Una estrella para una España en transformación

En fin, si la hipótesis de Morin de que las estrellas triunfan porque encarnan deseos colectivos es correcta, Carmen Sevilla sería el símbolo de una España que admiraba en la mujer la juventud, la gracia, la respetabilidad y el éxito profesional… siempre que este no cuestionara el ideal familiar. Una España que aspiraba a la promoción social y al reconocimiento público, que soñaba con abrirse al mundo sin dejar de ser ella misma y que seguía considerando el amor, el matrimonio y la familia como la medida última de la felicidad.

Ahora bien, una estrella no es una entidad fija. Según Morin, depende de las necesidades simbólicas de cada generación. Después de esta Carmen Sevilla de los años cincuenta, hubo otras: la chica yeyé de los sesenta y la reina del Telecupón de los noventa, por ejemplo.

Hasta hubo una Carmen Sevilla que, en los setenta, coqueteó con el destape.


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Emeterio Diez Puertas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Emeterio Diez Puertas, Profesor Doctor, Universidad Camilo José Cela. Puedes consultar la publicación original aquí.

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