‘Por favor, silencio’: cómo las interrupciones en clase dificultan el aprendizaje y queman a los docentes
- •Un profesor entra en el aula con la clase preparada. Ha organizado los contenidos, ha pensado en una actividad y sabe lo que quiere que los alumnos hayan entendido al final de la sesión. Pero antes de empezar, tiene que esperar a que terminen algunas...
Un profesor entra en el aula con la clase preparada. Ha organizado los contenidos, ha pensado en una actividad y sabe lo que quiere que los alumnos hayan entendido al final de la sesión. Pero antes de empezar, tiene que esperar a que terminen algunas conversaciones.
Cuando por fin consigue captar la atención del grupo, llega un alumno tarde. Vuelve a retomar la explicación. Alguien está mirando el móvil, dos compañeros siguen hablando, alguien arrastra una silla y otro alumno pregunta qué se supone que debe hacer, a pesar de que el profesor acaba de explicarlo.
No ha pasado nada grave ni extraordinario. Es una escena habitual en muchas aulas. Sin embargo, la clase ya ha tenido que empezar más de una vez.
Cuando hablamos del bienestar de los profesores, solemos señalar la burocracia, la carga de trabajo, la falta de recursos o las dificultades para conciliar la vida laboral y personal. Son factores importantes, pero hay otro, menos visible: el desgaste que supone tener que recuperar continuamente la atención del grupo y el ambiente necesario en el aula para poder seguir impartiendo la clase.
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Un ritmo continuamente interrumpido
El ruido en las aulas no es solo una cuestión de decibelios. Un espacio puede ser a la vez ruidoso y educativo: los alumnos debaten, cooperan, hacen preguntas o se mueven para realizar una actividad. El problema surge cuando estas conversaciones y movimientos dejan de formar parte de la tarea y desvían la atención del grupo.
No es una sensación aislada: el 29 % de los profesores de secundaria en España afirma que sus aulas son muy ruidosas y desordenadas, ocho puntos por encima del promedio de la OCDE y de la Unión Europea, situado en el 21 %. Ese mismo 29 % declara que pierde bastante tiempo debido a las interrupciones del alumnado. El problema no es exclusivo de un territorio, aunque su intensidad varía entre países, centros y grupos.
¿Cuántos minutos de aprendizaje se pierden?
El tiempo lectivo no suele perderse de una sola vez, sino en pequeños fragmentos: unos segundos para pedir silencio, un minuto para resolver un problema o un momento para repetir una instrucción que parte de la clase no ha oído.
Cada interrupción puede parecer insignificante, pero su acumulación acaba alterando el ritmo de toda la clase. Y su efecto no desaparece cuando vuelve el silencio. Entonces hay que recordar en qué punto se había quedado, recuperar la atención del grupo y volver a meter a todos en el hilo de la actividad.
Sin esta continuidad, resulta difícil seguir una idea, relacionarla con lo que ya se sabe y comprenderla de verdad.
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El desgaste de recuperar la atención
Las interrupciones no solo consumen tiempo. Cada vez que la actividad se detiene, el profesor tiene que volver a captar la atención del grupo y poner en marcha la sesión de nuevo. Este trabajo no aparece en los horarios ni cuenta como una tarea específica, pero exige concentración, toma de decisiones y energía emocional.
No se trata solo de repetir lo que ya se ha dicho. El profesor tiene que observar si el grupo está preparado para reanudar la actividad, decidir si continuar o retroceder, evaluar si debe intervenir ante un comportamiento concreto y anticipar si hacerlo provocará aún más interrupciones. Al mismo tiempo, intenta no perder los nervios ni mostrar frustración.
En mi reciente investigación cualitativa sobre este problema, una profesora explicó que acababa repitiendo la misma instrucción hasta dieciocho veces. Su experiencia demuestra que el cansancio no proviene solo de hablar mucho, sino de comprobar una y otra vez que las palabras no han llegado a todo el grupo.
Al final de la jornada, es posible que la profesora no recuerde ningún incidente especialmente grave y, sin embargo, se sienta agotada. El cansancio proviene de la acumulación de correcciones, esperas y pequeñas decisiones que ha tenido que tomar a lo largo de horas para mantener al grupo atento y la actividad en marcha.
¿Autoridad docente perdida?
Parte de este cansancio tiene que ver con la transformación de la autoridad del profesor. Tradicionalmente, la institución respaldaba la posición del docente, independientemente de su relación personal con los alumnos. Hoy en día, este reconocimiento ya no se da por sentado: hay que construirlo cada día a través del conocimiento, la coherencia y la confianza.
Este cambio es positivo: la educación no debe basarse en el miedo. Pero dejar atrás los modelos autoritarios no significa renunciar a los límites. Entre la obediencia ciega y la negociación constante, debe existir una autoridad democrática respaldada por toda la comunidad educativa.
Cuando este apoyo colectivo falla, el profesor se queda solo frente al grupo y, a menudo, tiene que justificar sus decisiones. Ya no basta con conocer la materia y saber enseñarla: también debe captar el interés, negociar los límites y demostrar constantemente el valor de lo que propone.
Móviles y redes
Aunque la llegada de los teléfonos inteligentes no lo explica todo, la cultura digital aumenta la presión: el uso de dispositivos puede distraer a los alumnos y dificultar la gestión del aula. Según el informe PISA 2022, el 30 % del alumnado de la OCDE se distrae con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de matemáticas. Las notificaciones y los mensajes fragmentan la atención, aunque su efecto depende de cómo se utilicen. La Unesco recomienda emplearlos únicamente cuando contribuyan claramente al aprendizaje.
Pero más allá del móvil, en las distracciones y las interrupciones también influyen la falta de motivación, la dinámica entre compañeros, la fragilidad de los límites y los mensajes contradictorios procedentes de la escuela, las familias y la sociedad.
El silencio hace posible el aprendizaje
A veces, el silencio se presenta como una exigencia conservadora, típica de un aula rígida en la que solo habla el profesor. Pero también puede entenderse como una condición que permite escuchar, pensar y seguir una idea hasta su conclusión.
Un aula no tiene por qué estar en silencio todo el tiempo. Sin embargo, el silencio debe ser posible cuando la actividad lo requiera. Es un bien común: depende de todos, y todos salen perdiendo cuando desaparece.
Crear estas condiciones no puede ser responsabilidad exclusiva de cada profesor. Se necesitan normas claras y coherentes, acuerdos sobre el uso de dispositivos, rutinas para comenzar las clases y cambiar de actividad, el apoyo de las familias y criterios comunes para gestionar las interrupciones.
También es necesario escuchar a los alumnos y ayudarles a comprender que interrumpir no solo afecta al profesor: les quita tiempo y atención a sus compañeros. Cuidar de los profesores no consiste solo en actuar cuando ya están agotados, sino en proteger las condiciones cotidianas que necesitan para realizar su trabajo.
Cuando estas condiciones fallan, no solo se pierden minutos. También se acumula un cansancio difícil de percibir y se debilita una condición esencial para el aprendizaje: que profesores y alumnos puedan compartir la misma actividad, con la continuidad suficiente para comprender lo que están haciendo.
Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida. Puedes consultar la publicación original aquí.
