La mitigación del cambio climático es la única estrategia efectiva para evitar que Europa arda sin control a largo plazo
Europa se quema a un ritmo que desafía la capacidad de respuesta humana y desmantela décadas de aparentes éxitos en la contención del fuego. Aunque las mejoras en la prevención y la extinción lograron reducir la superficie quemada y el número de igniciones desde la década de 1980, el panorama cambió drásticamente a partir de 2018.
Un equipo científico internacional ha documentado que el sur de Europa está ingresando en una era de riesgo extremo. Las estadísticas nacionales revelan que la crisis alcanzó niveles sin precedentes en la temporada de 2025, cuando España vivió su año más destructivo en más de tres décadas con aproximadamente 350 000 hectáreas calcinadas. Una catástrofe que incluye el pavoroso incendio de Larouco en Galicia, el más grande registrado en esa comunidad con más de 40 000 hectáreas consumidas.
En ese mismo año, Portugal sufrió la pérdida de más de 250 000 hectáreas, su peor registro desde la trágica temporada de 2017. De manera conjunta, España y Portugal acumularon el 80 % del área quemada de todo el sur del continente durante ese ciclo crítico de 2025.
Esta tendencia destructiva ha continuado manifestándose en 2026, año en el que las condiciones meteorológicas propicias para el fuego en la Unión Europea durante los primeros siete meses superaron en un 43 % el promedio de las últimas dos décadas, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales. Para finales de julio, ya se habían quemado unas 435 000 hectáreas en el territorio comunitario, con Francia rompiendo su propio récord anual de devastación al registrar 98 000 hectáreas afectadas.
Cambio climático y riesgo de incendios
Detrás de esta alarmante aceleración de las llamas está la señal cada día más fuerte del calentamiento global, expresada en condiciones atmosféricas extremas y, muy especialmente, en una alarmante sequía del suelo.
Diversas investigaciones han comprobado que la probabilidad de que la sequedad extrema del suelo que alimenta los mayores incendios en el oeste de Europa es ahora cinco veces mayor de lo que sería en un clima 1,4 ºC más frío. Las olas de calor recurrentes y la falta de precipitaciones veraniegas actúan desecando la vegetación de forma extrema, convirtiéndola en un polvorín listo para arder ante cualquier chispa.
El número de jornadas veraniegas con meteorología de fuego extremo prácticamente se ha duplicado desde 1981 en amplias franjas de la península ibérica, Francia, Italia y Grecia, pasando de menos de diez días por estación a registrar hasta 25 días extremos en la última década. Este incremento de la inflamabilidad se vincula directamente con un aumento de las temperaturas estivales de hasta dos grados centígrados en gran parte de España, el sur de Francia e Italia en comparación con las medias históricas.
Por si fuera poco, la variabilidad de este riesgo se conecta con dinámicas atmosféricas a gran escala, como la Oscilación del Atlántico Norte, que ha mostrado una tendencia de cambio hacia su fase negativa durante veinticinco de los últimos treinta años, favoreciendo bloqueos meteorológicos que inhiben las lluvias y prolongan las olas de calor en el sur del continente.
De igual modo, los años de mayor devastación en la península ibérica han coincidido con fenómenos de El Niño en el océano Pacífico, mostrando una correlación significativa entre las temperaturas de la superficie marina en el Pacífico tropical oriental y la severidad de las temporadas de incendios en este territorio.
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El área quemada aumentará en Europa
Las proyecciones hacia el futuro dibujadas por los modelos científicos ofrecen escenarios aún más escalofriantes si el planeta continúa acumulando más y más CO₂ y gases de efecto invernadero en la atmósfera como resultado de la quema de combustibles fósiles.
Investigaciones basadas en simulaciones revelan que incluso en un escenario de sostenibilidad optimista donde se logren limitar las emisiones y el calentamiento global se mantenga en torno a 1,8 ºC, se proyecta que el área quemada anual en Europa se incrementará en un 39 % para fin de siglo.
Sin embargo, si la humanidad persiste en la senda de la rivalidad regional y las emisiones continúan subiendo, elevando el calentamiento global a 3,6 ºC, la superficie anual calcinada en el continente prácticamente se triplicará. Se disparará en un 192 % hasta alcanzar unos 5,3 millones de hectáreas anuales.
En este desolador escenario de fuerte cambio climático, la actividad de los incendios aumentará en aproximadamente el 55 % de las regiones europeas propensas al fuego, anulando por completo los esfuerzos convencionales de prevención y control de incendios.
La retirada de biomasa fina puede reducir la propagación
Frente a esta amenaza existencial, surge el debate sobre la gestión de la vegetación y el efecto que tiene la eliminación del combustible forestal fino y grueso. Un estudio de sensibilidad ha revelado diferencias cruciales en la eficacia de estas intervenciones según el tipo de biomasa tratada.
La eliminación planificada del combustible fino, como hierbas, hojas secas y pequeñas ramas del sotobosque que se queman rápidamente, demostró tener el impacto más significativo en la reducción de la velocidad de propagación, la intensidad del fuego y el área total quemada en toda Europa. En contraste, la retirada del combustible grueso, constituido por ramas más grandes y troncos de árboles muertos, no solo resulta sumamente costosa, compleja y limitada por restricciones logísticas y ecológicas, sino que no genera un beneficio claro en la contención del comportamiento del fuego dentro de los modelos.
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De hecho, los modelos indican que retirar la biomasa más pesada altera de forma artificial la densidad del combustible, dando mayor peso relativo a los combustibles finos y secos que aceleran la velocidad de propagación de las llamas superficiales.
Por tanto, las estrategias de gestión forestal más eficaces deben centrarse de manera prioritaria en la reducción dirigida de combustibles superficiales finos y en tratamientos mixtos en lugar de la remoción indiscriminada de madera.
La gestión es útil pero insuficiente ante los nuevos escenarios
A pesar de la indudable utilidad de una gestión forestal adaptada a cada territorio y de los ingentes recursos invertidos, la ciencia advierte de manera clara y rotunda que la tecnología y la supresión de incendios tienen límites físicos insalvables.
En situaciones de calor y sequedad extrema, el comportamiento del fuego se vuelve errático y de una intensidad tan brutal que supera cualquier capacidad humana de combate, como quedó demostrado con el récord de quema en España durante la ola de calor de 2025 y en los grandes incendios de 2026 en Francia y España. Los sistemas de alta preparación para la extinción de incendios se vieron sobrepasados y España se vio obligada a declarar por primera vez en su historia la emergencia nacional por incendios forestales.
La acumulación de combustible generada paradójicamente por décadas de supresión sistemática de pequeños fuegos solo agrava el problema, sentando las bases para incendios catastróficos incontrolables. Por esta razón, la investigación subraya que la gestión del fuego puede ayudar a limitar los daños hasta cierto punto. Pero la prevención y la gestión de incendios de ninguna manera pueden sustituir a la mitigación climática.
La única estrategia verdaderamente eficaz para evitar que el sur de Europa se convierta de manera permanente en un infierno de llamas ingobernables y que el centro y norte de Europa experimente incendios de grandes dimensiones para los que no está preparada consiste en reducir de forma drástica y urgente las emisiones globales de gases de efecto invernadero que permitan frenar el motor del calentamiento planetario.
Fernando Valladares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Fernando Valladares, Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC). Puedes consultar la publicación original aquí.
