El mundo rural, de vestigio del pasado a laboratorio de futuro
- •El municipio de Aras de los Olmos, en Valencia, es un ejemplo de cómo el mundo rural puede ser fuente de innovación. Ecomuseo Aras/Wikimedia Commons, CC BY-SA El 80 % de la superficie habitable del planeta es territorio rural. En él se produce la may...
El 80 % de la superficie habitable del planeta es territorio rural. En él se produce la mayor parte de los alimentos que nos sustentan, se custodian los ecosistemas que regulan el clima y se preserva una diversidad cultural que no podemos permitirnos perder.
Sin embargo, durante demasiado tiempo, especialmente en España, los territorios rurales han sido vistos como espacios atrasados, cuando no estancados, en regresión u olvidados. Pero en la actualidad podemos decir que no siempre es así.
En muchos casos, los municipios rurales se están poniendo a la vanguardia de los procesos de desarrollo sostenible. Es más, lo rural ha pasado a ser un laboratorio vivo de innovación social y democrática.
Gobierno abierto y en red
Los modelos burocráticos y gerenciales del siglo XX han dejado paso, en el presente, a nuevas formas de gobernanza democrática basadas en el gobierno abierto, participado, en red, multinivel.
El objetivo de las políticas que se emprenden ya no es el mero crecimiento económico, sino el desarrollo sostenible. Y ese objetivo no puede alcanzarse con recetas universales, sino desde cada territorio particular, a través de políticas bottom-up (de abajo a arriba) que movilicen los recursos locales y que siempre requieren participación y diálogo social.
La Agenda 2030 de Naciones Unidas lo consagra expresamente: el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 exige instituciones eficaces y transparentes, y el 17 reclama alianzas entre gobiernos, sociedad civil y sector privado. La gobernanza democrática, en la actualidad, no es un adorno, sino una condición estructural del desarrollo.
Los desafíos del mundo rural
La participación ciudadana va mucho más allá del voto cada cuatro años: abarca el acceso a la información, la valoración crítica de las políticas, el control de los decisores y sus decisiones, la propuesta normativa, la consulta vinculante y, en última instancia, el empoderamiento real de la comunidad sobre sus propios asuntos.
La innovación pública, por su parte, no se reduce a introducir tecnología en los procesos habituales: consiste en encontrar soluciones nuevas a los problemas colectivos. Soluciones que nacen de la propia comunidad, generan valor social y fortalecen vínculos.
Ambos conceptos, participación e innovación, se revelan especialmente críticos en los territorios rurales despoblados, donde las administraciones locales son muy cercanas a la ciudadanía, pero deben hacer frente a enormes desafíos con recursos muy escasos.
¿Cuáles son esos desafíos en España? Jorge Hermosilla, profesor de la Universidad de Valencia, ha caracterizado a estos territorios rurales como simultáneamente problemáticos (despoblados, con dificultades de accesibilidad y déficit de servicios), contradictorios (ofrecen alta calidad ambiental y fuerte sentido de pertenencia, pero grave precariedad en sanidad, educación o conectividad), dependientes (subsidiarios del sistema urbano, con escaso emprendimiento y liderazgo) y vulnerables (la marcha de una sola familia, o el cierre de un bar o una escuela pueden cambiar el equilibrio de todo el pueblo).
En muchos municipios de menos de quinientos habitantes no existe sociedad civil organizada ni iniciativa privada: el Ayuntamiento es el único prestador de servicios con capacidad de generar economía. Esa es la magnitud del reto, pero también, como subraya el autor, la magnitud de la oportunidad.
Ejemplos de innovación social en pequeños municipios
Por suerte, la innovación social funciona y lo hace con contrastados rendimientos. Contamos en España con numerosos ejemplos inspiradores.
La comarca de Pinares (Burgos-Soria), mediante un laboratorio rural vecinal, ha generado soluciones sencillas y eficaces a problemas de la vida ordinaria de sus vecinas y vecinos. En Álava, el espacio Garaion transformó un caserío en ruinas en un centro cultural participativo generador de dinamismo económico y social. En Asturias, el Ecomuseo La Ponte es gestionado directamente por la comunidad local, convirtiendo el patrimonio en motor económico.
En Burgos, la plataforma Burgos Rural Market conecta pequeñas tiendas con consumidores de todo el territorio. Y, por poner otro ejemplo, los biodistritos agroecológicos de Andalucía y la Comunitat Valenciana muestran cómo agricultores, consumidores y ayuntamientos pueden diseñar juntos sistemas de producción sostenible.
Un caso especialmente revelador por su coherencia y por sus resultados medibles es el de Aras de los Olmos, municipio de menos de cuatrocientos habitantes de la provincia de Valencia, enclavado en la Serranía del Turia. Hace tres lustros, sus vecinos constituyeron una entidad de naturaleza mixta, público-privada, la Fundación El Olmo, como instrumento institucional de desarrollo compartido para su territorio.
Hoy, ese municipio, hasta aquel momento condenado según muchos al declive o la desaparición, es proveedor de servicios energéticos (en unos días, primer municipio de España totalmente autoabastecido por energías renovables), de servicios digitales (Centro de Innovación Territorial RuralTec), de servicios sociales (Centro de Mayores), formativos y de investigación científica (Centro Big History de divulgación científica y medioambiental) y de servicios editoriales (libros y revistas de carácter científico divulgativo).
La pirámide demográfica se ha invertido, saneándose desde la base, las inversiones se han quintuplicado en quince años y el emprendimiento privado se ha recuperado. Lo que hace posible este milagro no es la ayuda externa, sino la planificación estratégica participada, la institucionalización de la cooperación y la movilización emocional de todos los recursos humanos disponibles, incluyendo a migrantes que mantienen su vínculo afectivo con el pueblo.
Condiciones para transformar un territorio rural
A partir de estos casos y otros muchos, podemos individualizar cuatro condiciones imprescindibles para que la participación y la innovación transformen un territorio rural:
Institucionalizar la cooperación más allá de los cauces tradicionales con los que los ayuntamientos la han venido impulsando en sus políticas sectoriales.
Romper estereotipos anclados en visiones administrativas del pasado e incrementar los recursos humanos al servicio del desarrollo, movilizando especialmente a las personas migrantes que mantienen el vínculo emocional con su pueblo de origen.
Tejer redes y alianzas con universidades, diputaciones, entidades civiles y municipios vecinos.
Crear una planificación estratégica participada con horizonte de largo plazo que dé sentido a la acción colectiva más allá de los tiempos que marca cada ciclo electoral, focalizando esfuerzos en objetivos, no de interés particular, sino de interés común.
No podemos dejar que lo rural siga siendo un receptor pasivo de políticas diseñadas desde fuera. Al contrario, lo rural debe ser productor de innovación democrática. El futuro de los territorios no se decide solo en los parlamentos central o autonómicos, tampoco en los plenos municipales: se decide –sobre todo– en las plazas y ágoras de los pueblos, en la capacidad de sus habitantes para imaginar juntos su futuro, para planificar de la mano las estrategias a emprender y, de esta forma, protagonizar de forma colaborativa su propio porvenir.
Joaquín Martín Cubas es miembro de Partido Socialista Obrero Español y vicepresidente de la Fundación El Olmo.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Joaquín Martín Cubas, Profesor Titular de Ciencia Política y Administración. Instituto interuniversitario de Desarrollo Local, Universitat de València. Puedes consultar la publicación original aquí.
