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¿Son eficaces las máquinas de ejercicio de los parques?

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Publicado el 10 de septiembre de 2026 a las 06:30 a. m.Actualizado el 10 de septiembre de 2026 a las 06:30 a. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Cada vez es más habitual encontrarlas en parques y plazas: máquinas para empujar, pedalear o trabajar brazos y piernas, instaladas para que la población pueda hacer ejercicio gratuitamente. La idea parece impecable. Si la evidencia muestra que entren...

Kokhan O/Shutterstock

Cada vez es más habitual encontrarlas en parques y plazas: máquinas para empujar, pedalear o trabajar brazos y piernas, instaladas para que la población pueda hacer ejercicio gratuitamente. La idea parece impecable. Si la evidencia muestra que entrenar fuerza es importante para la salud, ¿por qué no facilitar que pueda hacerse también fuera de un gimnasio? El problema es que poner máquinas en un parque no se traduce necesariamente en crear un lugar donde se pueda entrenar bien.

La fuerza muscular es un indicador de salud del que todavía se habla demasiado poco. Si conviene entrenarla, surge una pregunta práctica: ¿dónde puede hacerlo quien no quiere o no puede pagar un gimnasio, prefiere entrenar al aire libre o busca combinar el ejercicio con los posibles beneficios de los espacios verdes?

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Una revisión reciente de nuestro grupo sobre el llamado green exercise, la práctica de actividad física en entornos naturales al aire libre, analiza también su relación con la salud cardiovascular y musculoesquelética.


Leer más: Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde


Moverse no es lo mismo que entrenar

Todo movimiento cuenta, pero entrenar fuerza exige algo más: un estímulo suficiente y progresivo. Por eso las máquinas de un gimnasio permiten modificar la resistencia. En numerosos equipamientos exteriores tradicionales, sin embargo, dicha resistencia depende principalmente del peso corporal y apenas puede modificarse. Aparece así una paradoja: una máquina puede permitir movimiento y ofrecer pocas posibilidades de progresar en el entrenamiento.

Además, durante años, estas instalaciones se han asociado casi exclusivamente con las personas mayores. Conviene superar esa idea: el entrenamiento de fuerza puede adaptarse a las distintas etapas de la vida. Una persona de 25 años, otra de 50 y otra de 75 pueden beneficiarse del mismo espacio, pero no necesitan la misma resistencia.

La solución no es construir parques separados por edades, sino instalar máquinas capaces de adaptarse a las personas. Una resistencia regulable permitiría que jóvenes, adultos y mayores compartieran un mismo espacio ajustando la intensidad a sus capacidades.

Así dejamos de hablar de aparatos para una edad determinada y empezamos a hablar de gimnasios públicos intergeneracionales.

Qué ocurre cuando llevamos estas máquinas al laboratorio

En una revisión publicada en la revista Experimental Gerontology analizamos el potencial y algunas limitaciones de las máquinas, como la dificultad para ajustar la intensidad o determinados problemas ergonómicos. Después comparamos mediante electromiografía (una técnica que registra la actividad eléctrica generada por los músculos), máquinas convencionales de gimnasio, equipamientos exteriores tradicionales y otros diseños exteriores capaces de regular la resistencia.

Estudios realizados sobre prensa de piernas y press de pecho mostraron que los modelos con escasa regulación de carga generaron menor activación muscular, mientras que una resistencia ajustable permite aproximar el estímulo al obtenido con máquinas convencionales.

Esto no significa que cualquier máquina regulable sea automáticamente eficaz. Significa algo más importante: que el diseño condiciona el entrenamiento.

¿Y producen beneficios?

La electromiografía muestra qué sucede durante el ejercicio, pero no evidencia por sí sola beneficios a largo plazo. En un ensayo aleatorizado de nuestro grupo con 149 adultos de mediana y avanzada edad, dos sesiones semanales durante ocho semanas con equipamiento exterior mejoraron la fuerza, la función física y algunos indicadores de composición corporal.

Una revisión sistemática y metaanálisis reciente encontró beneficios en diferentes indicadores de condición física y salud, aunque también señaló una gran heterogeneidad entre máquinas y programas.

Pero instalar estas máquinas tampoco garantiza que se utilicen. En un estudio basado en más de 100 horas de observación directa, solo el 2,7 % de los adultos que pasaron por los parques utilizó el equipamiento. Investigaciones más recientes también han encontrado niveles muy bajos de uso y barreras como desconocer su funcionamiento, considerarlas poco adecuadas o carecer de orientación y programas que faciliten su uso. Por consiguiente, instalar este equipamiento no garantiza que la población lo utilice ni que lo haga con una dosis suficiente para mejorar su salud.

Quizá estamos formulando mal la pregunta. No se trata simplemente de saber si funcionan las máquinas de los parques, sino de responder al interrogante: ¿qué máquinas, con qué resistencia, utilizadas cómo y para qué personas?

Equipamiento tradicional de ejercicio al aire libre. Acediscovery / Wikimedia Commons, CC BY

Cuando el dinero público compra aparatos, pero no entrenamiento

Aquí la cuestión pasa a ser también de planificación urbana y salud pública. Ayuntamientos y otras administraciones invierten en parques y equipamientos para promover estilos de vida activos, pero una máquina de este tipo no debería valorarse únicamente por su precio, resistencia a la intemperie, mantenimiento o seguridad estructural.

También habría que evaluar si permite regular y progresar la carga, trabajar grandes grupos musculares y adaptarse con seguridad a personas con capacidades diferentes. Una máquina puede ser robusta, segura y atractiva y, al mismo tiempo, resultar limitada para entrenar fuerza y generar adaptaciones para la salud.

El dinero público destinado a promover salud debería comprar algo más que aparatos: debería comprar oportunidades reales para entrenar.

Diseñar estos espacios exige conocimiento especializado

La creación de estos espacios tampoco debería recaer únicamente en quien redacta un pliego o diseña físicamente un parque. Urbanistas, arquitectos, responsables municipales, fabricantes de equipamiento y grupos de investigación universitarios especializados en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte deberían trabajar de forma coordinada.

Mientras que la industria aporta conocimiento sobre diseño y fabricación, los grupos de investigación especializados pueden evaluar científicamente la ergonomía, las cargas, la respuesta muscular, la seguridad y la eficacia, además de orientar mejoras en el diseño. Antes de implantar un modelo a gran escala conviene comprobar si realmente permite realizar el entrenamiento para el que fue concebido. Es decir, no basta con diseñar el espacio, hay que diseñar también el entrenamiento que ese espacio permitirá realizar.

Además, una buena máquina puede fracasar si se instala en un lugar poco accesible, sin sombra o alejado de sus potenciales usuarios. Diseñar ciudades activas exige unir conocimiento urbano con conocimiento científico especializado sobre ejercicio y salud.

Y estas instalaciones tampoco tienen por qué limitarse a los parques: podrían integrarse también en paseos, campus universitarios, centros deportivos, centros de mayores o residencias e incluso junto a centros de salud y hospitales. No para sustituir tratamientos, sino para reducir la distancia entre recomendar ejercicio y disponer de un lugar donde realizarlo.

La máquina no sabe quién la utiliza

Incluso el mejor equipamiento no conoce a la persona que lo utiliza. No sabe si lleva veinte años sin entrenar, presenta osteoporosis, hipertensión, dolor o antecedentes de caídas. Tampoco sabe qué resistencia necesita ni cuándo debe aumentarla. Cuando el ejercicio se utiliza con objetivos de salud, especialmente en personas sedentarias, mayores o con enfermedades crónicas, la valoración, planificación y prescripción deberían estar a cargo de un graduado o graduada en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte debidamente colegiado, en coordinación con profesionales sanitarios cuando sea necesario.

Tener un físico llamativo o miles de seguidores en redes sociales no acredita por sí solo formación para valorar riesgos, individualizar cargas y prescribir ejercicio. Estar en forma y estar cualificado para decidir cómo deben entrenar otras personas son cosas diferentes.


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De poner máquinas a diseñar infraestructura de salud

Llevamos años hablando de ciudades caminables, carriles bici, parques y movilidad activa. Todo ello es fundamental, pero una ciudad realmente activa debería democratizar el acceso al entrenamiento de fuerza, lo que significa hacerlo eficaz, adaptable y seguro, además de gratuito.

Si queremos ciudades realmente activas y saludables, quizá el futuro no pase por instalar muchas más máquinas, sino por instalar mejores máquinas, en mejores lugares y utilizarlas con mejores programas.

Pablo Jorge Marcos-Pardo ha recibido financiación de la Agencia Estatal de Investigación para proyectos sobre ejercicio físico y envejecimiento saludable.

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⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Pablo Jorge Marcos-Pardo, Catedrático de Universidad, Universidad de Almería. Puedes consultar la publicación original aquí.

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