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¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización?

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Publicado el 2 de septiembre de 2026 a las 04:30 p. m.Actualizado el 2 de septiembre de 2026 a las 04:30 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual. No obstante, ...

3rdtimeluckystudio/Shutterstock

Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.

No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).

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De la empresa que dialoga a la empresa mediadora

Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.

En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.

Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.

Por qué de verdad importa el propósito

Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.

Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.

El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.

Convivir, escuchar, colaborar

Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.

La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.


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Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.

En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.

El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.


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Inteligencia artificial, ética y responsabilidad empresarial

Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.

Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.

La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.

Una oportunidad histórica para las empresas

El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.

Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.

Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.

Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Francisco Fernández Beltrán, Director del Máster en Innovación en Comunicación, Universitat Jaume I. Puedes consultar la publicación original aquí.

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