¿Por qué algunos espacios naturales en África y Asia se conservan sin leyes?
- •Imaginemos un frondoso bosque en el norte de Etiopía. Mientras el paisaje circundante ha sido deforestado para el pastoreo, este pequeño enclave permanece intacto, como una isla de biodiversidad. No hay guardaparques armados ni vallas electrificadas;...
Imaginemos un frondoso bosque en el norte de Etiopía. Mientras el paisaje circundante ha sido deforestado para el pastoreo, este pequeño enclave permanece intacto, como una isla de biodiversidad. No hay guardaparques armados ni vallas electrificadas; lo que protege a estos árboles es la presencia de una iglesia en su centro y la creencia de la comunidad de que el lugar es la morada de lo divino.
Estos espacios, conocidos como sitios naturales sagrados (SNS), son probablemente la forma más antigua de protección del hábitat en la historia de la humanidad. Sin embargo, a pesar de su importancia crítica, la ciencia de la conservación suele tratar “lo sagrado” como una caja negra: algo que funciona para proteger la naturaleza, pero que no terminamos de entender.
Un estudio que hemos llevado a cabo investigadores de la Universidad Pontificia Comillas ha revelado qué significa “lo sagrado” y qué implica para la conservación de la naturaleza.
Más allá del “prohibido pasar”
Durante mucho tiempo, los gestores de áreas protegidas han visto lo sagrado de forma puramente instrumental. Para muchos científicos, “sagrado” es simplemente un sinónimo de tabú: una serie de reglas y prohibiciones que impiden el uso de recursos. Es lo que algunos autores denominan “ambientalismo accidental”: la naturaleza se conserva no porque haya un plan de gestión, sino como un efecto secundario de la devoción religiosa.
Pero lo sagrado es mucho más que una lista de prohibiciones. Tradicionalmente se ha tendido a pensar en lo sagrado como lo opuesto a “lo profano”. Esta visión binaria, muy propia de la mentalidad occidental, sugiere que para que algo sea sagrado debe estar separado de los humanos, casi como una “naturaleza virgen”.
Sin embargo, los estudios en comunidades indígenas de Asia y África muestran una realidad distinta. Para muchos, lo sagrado no es una línea que separa espacios, sino una red de relaciones. En lugares como las montañas del Tíbet o los bosques de la India, lo sagrado es donde lo humano, lo natural y lo sobrenatural se encuentran en un diálogo constante.
Las cuatro caras de un lugar sagrado
Para entender mejor esta complejidad, podemos mirar lo sagrado a través de cuatro dimensiones clave:
1. Construcción. Lo sagrado se “fabrica” a través de mitos, historias y la presencia física de templos o tumbas de santos que irradian su santidad al paisaje.
2. Defensa. Aquí entran los famosos tabúes. El miedo al castigo de una deidad, como ocurre en los bosques indios de Kerala y el temor a la ira de las deidades serpiente, actúa como un guardián invisible del ecosistema.
3. Identidad. Estos sitios son símbolos de orgullo comunitario. Ser el guardián de un monte sagrado otorga estatus y cohesión social.
4. Habitabilidad. A diferencia de un parque nacional moderno que a veces expulsa a los residentes, los sitios sagrados son lugares para ser habitados. Se protegen mediante rituales, ofrendas y un respeto profundo, no mediante la exclusión total.
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Lo sagrado no es estático: cambia y se transforma
Nuestro trabajo muestra cómo lo sagrado no es algo congelado en el tiempo. Al igual que los ecosistemas, las creencias están en constante flujo a través de tres procesos:
Desacralización. La modernización, la migración y, a veces, la expansión de religiones monoteístas puede erosionar las creencias antiguas, dejando los sitios vulnerables a la explotación.
Resacralización. Sorprendentemente, están naciendo nuevos sitios sagrados. Desde bosques protegidos por movimientos neopaganos en Estonia hasta santuarios marianos en España que recuperan nombres vinculados a la naturaleza, como la Virgen del Pino o de la Cueva, el ser humano sigue buscando sacralizar su entorno.
Mutación. A veces, las creencias no mueren, sino que cambian de forma. En Kazajistán, por ejemplo, antiguos rituales animistas sobreviven hoy bajo una capa de oraciones islámicas.
El riesgo de la “mirada occidental”
Una de las conclusiones del estudio advierte sobre un peligro importante: imponer una única visión de lo sagrado. Si el conservacionismo solo valora los sitios que encajan en un determinado ideal de “naturaleza prístina”, podría ignorar lugares que son vitales para las comunidades locales pero que no parecen “salvajes” a ojos externos.
Además, tratar lo sagrado solo como una herramienta de gestión puede ser contraproducente. Si los habitantes locales sienten que sus creencias están siendo “secuestradas” por políticos o científicos para fines ajenos, el vínculo espiritual que protegía el lugar podría romperse.
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Un puente hacia una nueva conservación
La gran lección de los Sitios Naturales Sagrados es que la conservación más efectiva es aquella que reconoce que naturaleza y cultura son inseparables. En un momento de crisis climática y pérdida de biodiversidad, quizás el camino no sea solo crear más reservas cercadas, sino aprender de las comunidades que llevan milenios viendo en un árbol, un río o una montaña algo más que un simple “recurso natural”.
Reconocer la pluralidad de lo sagrado no es solo un ejercicio académico: es una necesidad política y ética. Para proteger la salud del planeta, debemos empezar por respetar las diversas formas en que los seres humanos nos sentimos vinculados a él.
Al final, quizás lo que hace que un bosque sea sagrado no sea solo la presencia de una deidad, sino nuestra capacidad de reconocer que hay valores que están mucho más allá de la utilidad.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Jaime Tatay Nieto, Profesor de ética ambiental, Universidad Pontificia Comillas. Puedes consultar la publicación original aquí.
