Más horas en el aula no bastan: cómo mejorar las prácticas de los futuros maestros
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La primera vez que un estudiante del Grado en Educación Primaria o de Educación Infantil se pone delante de una clase descubre algo que ningún manual teórico puede reproducir por completo: explicar un contenido es sólo una mínima parte del trabajo como docente. También hay que saber interpretar silencios, sostener la atención, responder a ritmos distintos y personalizar el aprendizaje, resolver conflictos y modificar sobre la marcha una actividad que no funciona.
Este aprendizaje “situado” es la razón de ser del prácticum (o prácticas formativas) que forma parte de la formación de los futuros maestros. Es un periodo en el que los universitarios entran en centros educativos y aprenden la profesión acompañados por docentes en ejercicio y por tutores de la universidad.
No es un paréntesis entre asignaturas ni una prueba final para comprobar si alguien sirve o no sirve para enseñar: está concebido como el eje que conecta los conocimientos académicos aprendidos en la universidad con las decisiones reales del día a día del aula.
El ‘prácticum’ hoy
En España, los grados de Educación Infantil y Primaria tienen 240 créditos. Las normas que regulan Educación Infantil y Educación Primaria reservan 50 créditos al prácticum, incluido el trabajo de fin de grado. Las prácticas son presenciales, se realizan en centros reconocidos mediante convenios y cuentan con una doble tutoría: un tutor del centro educativo y un profesor universitario.
Los periodos de prácticas pueden repartirse entre varios cursos o concentrarse en los últimos; suelen incluir varias fases, desde la observación del centro y del aula hasta el diseño, desarrollo y evaluación de intervenciones didácticas. El estudiante participa en reuniones, conoce la relación con las familias, atiende la diversidad y elabora memorias, diarios o portafolios para analizar su experiencia.
Sobre el papel, el modelo reúne los elementos esenciales. El problema aparece cuando la estancia se reduce a acumular horas, imitar al tutor o producir una memoria desconectada de lo vivido. También cuando la universidad y la escuela apenas intercambian información o los tutores carecen de tiempo y reconocimiento para acompañar.
La calidad importa más que la duración
Un estudio reciente con participantes de Educación Infantil y Primaria confirma que el prácticum ayuda, especialmente, a aprender a gestionar el aula y atender las diferencias individuales. Pero también detecta una concepción demasiado centrada en aplicar técnicas, que deja en segundo plano la reflexión crítica, la responsabilidad profesional y la capacidad de comprender por qué una decisión funciona en un contexto y no en otro.
Por eso, ampliar las prácticas puede ser útil, pero no basta. La mejora exige al menos cuatro cambios.
1. Comenzar desde primero
Desde los primeros cursos deberían alternarse experiencias breves de observación y colaboración con periodos posteriores de mayor responsabilidad. Así, las preguntas que nacen en la escuela regresan a la universidad, y la teoría vuelve al aula convertida en una hipótesis que puede probarse y revisarse.
2. Profesionalizar la mentoría
El segundo es profesionalizar la mentoría. No todo buen maestro sabe automáticamente formar a otro. Los mentores necesitan selección, preparación específica, tiempo para observar y conversar, criterios compartidos y reconocimiento profesional. La investigación sobre supervisión reclama precisamente modelos colaborativos y una retroalimentación sistemática.
Leer más: ¿Cuáles son las ventajas de la mentoría para docentes?
3. Una alianza también formativa
El tercero es sustituir la relación administrativa entre instituciones por una alianza formativa. La universidad y la escuela han de acordar qué debe aprender el estudiante, qué responsabilidades asumirá y cómo se evaluará su progreso.
Visitas conjuntas, seminarios con las tres partes y rúbricas comunes evitarían que el tutor escolar y el estudiante transmitieran expectativas contradictorias.
4. Actuaciones reales
El cuarto es evaluar actuaciones reales, no solo documentos finales. Planificar una secuencia, enseñarla, recoger evidencias, recibir observaciones y volver a intentarlo genera más aprendizaje que describir retrospectivamente lo sucedido. El vídeo, el portafolio y el análisis de incidentes críticos pueden ayudar, siempre con garantías de privacidad y una finalidad formativa.
Una responsabilidad compartida
El debate en España ya se mueve en esta dirección. El nuevo Libro Blanco de Educación Primaria y el Libro Blanco de Educación Infantil plantean prácticas progresivas, redes de centros acreditados y una mentoría más profesionalizada. Convertir esas ideas en realidad requerirá financiación, coordinación y tiempo reconocido para quienes tutorizan.
Leer más: Cómo frenar el abandono docente con redes de acompañamiento
El prácticum será eficaz cuando deje de depender de la suerte de encontrar un buen centro o un mentor especialmente generoso. Aprender a enseñar exige practicar, pero sobre todo practicar acompañado, recibir retroalimentación y pensar críticamente sobre la propia acción.
La cuestión no es cuántos días pasa un futuro maestro en una escuela o las horas que habla con el profesor de la universidad, sino qué aprende allí, cómo lo aprende y quién asume la responsabilidad de ayudarle a aprenderlo.
Carles Perea Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Carles Perea Rodríguez, Professor al Departament de Mètodes d'Investigació i Diagnòstic en Educació i membre del grup de recerca TRALS de la Universitat de Barcelona, Universitat de Barcelona. Puedes consultar la publicación original aquí.
