Cuando una palabra no cabe en el carril de la carretera, ¿qué fragmento debe ir primero?
- •Las palabras que aparecen en la carretera para indicar el próximo desvío no siempre se reconocen igual de rápido. José Luis Tapia. Imagine que circula por una autovía que no conoce. El navegador anuncia una salida, el tráfico ocupa los carriles cont...
Imagine que circula por una autovía que no conoce. El navegador anuncia una salida, el tráfico ocupa los carriles contiguos y sobre el asfalto aparece un destino partido en dos líneas: LONA arriba y BARCE abajo. Durante una fracción de segundo, aquello no parece tener sentido. Después, su cerebro recompone el nombre: BARCELONA.
Las letras no estaban escritas al revés, pero sus fragmentos sí aparecían en un orden poco habitual. El inicio de la palabra estaba más cerca del vehículo y el segmento final, más lejos. Puede parecer un detalle sin importancia. Sin embargo, al volante, leer una simple palabra compite con vigilar el tráfico, mantener la trayectoria y decidir por dónde continuar. Nuestro estudio muestra que ese pequeño cambio en la disposición de una palabra hace que tardemos más en reconocerla.
Leer en movimiento
Cuando un nombre largo no cabe en la anchura del carril, puede dividirse en dos líneas. Eso obliga a elegir entre dos lógicas. La primera respeta la lectura de arriba abajo: BARCE se pinta en la línea superior, más lejos, y LONA en la inferior, más cerca. La segunda sigue el avance del vehículo y coloca el inicio en la línea que el vehículo alcanzará primero. En ese caso, BARCE queda abajo y LONA arriba.
Las dos opciones pueden parecer razonables. Nuestro cerebro, sin embargo, no las procesa igual. Y las normas tampoco resuelven siempre el dilema de la misma manera. La norma española 8.2-IC indica que la primera mitad debe situarse más lejos cuando los renglones están próximos, aunque permite invertirlos cuando la separación es muy grande. En otros países, las recomendaciones para mensajes de varias líneas siguen criterios distintos o no contemplan expresamente qué hacer con una única palabra partida. Por eso, es muy probable ver ambas disposiciones en los carriles e, incluso, en la misma ciudad o en la misma carretera.
Para comprobar si esa decisión gráfica afecta al reconocimiento de palabras, realizamos dos experimentos con 96 participantes. Les mostramos nombres largos de municipios españoles y palabras inventadas, todos divididos en dos líneas. Solo debían pulsar una tecla cuando reconocieran una población real.
En el primer experimento, los nombres aparecían sobre una textura de asfalto sin otros elementos. En el segundo, los integramos en una escena de carretera con perspectiva, carriles y otros elementos visuales. En ambos casos, presentamos cada nombre con el inicio arriba y más lejos, o con el inicio abajo y más cerca. La tarea era sencilla: queríamos medir el tiempo necesario para reconocer un destino a partir de sus fragmentos.
De milisegundos a metros
El resultado fue claro. Cuando los fragmentos conservaban el orden habitual de lectura, es decir, de arriba a abajo, los participantes reconocían los destinos con mayor rapidez y cometían ligeramente menos errores. La ventaja fue de 164 milisegundos con fondo neutro y de 211 milisegundos en la escena de carretera. En ambos experimentos apareció, por tanto, la misma pauta: respetar el orden habitual de lectura facilitó el reconocimiento.
Doscientos once milisegundos apenas se perciben al leer en una pantalla, pero en movimiento adquieren otra dimensión. Durante ese tiempo, un vehículo que circula a 100 kilómetros por hora recorre casi seis metros; a 120, algo más de siete. Esto no significa que ese retraso cause más accidentes, pero esta comparación permite visualizar la distancia que recorre el vehículo en ese intervalo.
¿Por qué se tarda más en leer en un formato que en el otro? Una explicación plausible es que años de lectura han acostumbrado a nuestro sistema visual a integrar las líneas de arriba hacia abajo, de modo que ese orden se procesa de forma más automática. Cuando los fragmentos rompen esa regularidad, podemos necesitar reordenarlos mentalmente antes de reconocer el conjunto.
Carreteras que se leen mejor
Nuestro experimento analizó el reconocimiento de palabras, no la conducción, que es una tarea más compleja. Los participantes no controlaban un vehículo, no elegían carril ni preparaban una maniobra. El siguiente paso será estudiar estas disposiciones en simuladores o en realidad virtual, donde puedan medirse la mirada, la elección de carril, los movimientos del volante y el frenado, también de noche, con lluvia o con tráfico intenso.
Mientras llegan esas pruebas, los resultados apuntan a una recomendación sencilla: si es necesario dividir en dos líneas el nombre de un destino, conviene mantener el inicio en la línea superior y más lejana, y el final en la inferior y más cercana. Es una decisión de bajo coste porque no requiere nuevos materiales ni tecnología, solo aplicar un criterio coherente.
En definitiva, las marcas viales son un lenguaje con el que la carretera se comunica con nosotros al conducir. Su diseño no debería depender únicamente de una convención heredada, sino también de la manera en que funciona la lectura humana. Porque, al conducir, cuando cada segundo cuenta y la rapidez con que reconocemos un destino importa.
Jose Luis Tapia Iglesias recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Francisco Rocabado, Ismael Gutiérrez Cordero, Javier García-Orza y Manuel Perea no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Jose Luis Tapia Iglesias, Investigador Postdoctoral, Universitat de València. Puedes consultar la publicación original aquí.
